LA CERRAZÓN JURÍDICA:

ACERCA DE MENTES ABIERTAS Y MENTES CERRADAS EN EL DERECHO

por Guido Idelmar Risso

 

…inventar no es un acto anómalo, es la normal respiración de la inteligencia […] atesorar antiguos y ajenos pensamientos […] es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será”

Jorge Luis Borges

 

La realidad nuestra de cada día nos grita una verdad lamentablemente incuestionable: el derecho no da respuestas a los reclamos de la sociedad argentina de hoy.

Estafas, secuestros, corrupción, robos, fraudes, delitos comunes, delitos sofisticados, cometido desde el poder, desde el llano, por muchos, por pocos, por uno, diferentes, parecidos, iguales; todos unidos por un mismo factor: la impunidad.

Los supuestos entendidos del derecho, que no hacen más que interpretarlo de diversos modos, cuando de lo que se trata es de transformarlo, han conseguido construir, así, un sistema jurídico defectuoso, una justicia torpe y lenta, que nos obliga a transitar el calvario judicial, ese camino retorcido y espinoso del procesalismo antiguo y desfasado que, mientras por un lado, da origen a  vergonzosos procesos express para condenar a quien exigió comida en las puertas de un supermercado, por el otro, nos refriega en nuestras propias caras, procesos insípidos que se disuelven y desvanecen en el tiempo para juzgar los delitos llamados de “guante blanco” abriéndole paso a la impunidad.

Este diagnóstico nos motiva las siguientes preguntas:

¿Los actores del derecho: abogados, jueces, profesores, intelectuales han dejado de pensar la vocación que los une?

¿Progresa el derecho?

Al menos: ¿sintoniza con la realidad que lo contiene?

Recordemos que los conflictos sociales generan la fuerza que mueve la historia, las valoraciones y las necesidades cambian, se modifican, y no nos podemos quedar ya satisfechos con ese ordenamiento jurídico de antaño que lo único que nos garantiza son procesos escritos, torpes, costosos, burocratizados, largos y tediosos, consiguiendo, de este modo, que entre la sentencia y la verdad buscada se abra un camino de tecnicismos que desconciertan y agotan  a quien procura justicia. Y sobre todo, garantiza impunidad a los que disponen de medios para aprovechar esta gala que la “ ley” les hace. 

Todos estos que han dopado al derecho, con la droga de su propia mediocridad, no hacen más que detener la evolución que se debió haber dado naturalmente.

Hablo, así, de esos viejos juristas de mente cerrada y codificada.

Es importante destacar que, siguiendo a Sartori, decimos que efectivamente en el derecho impera el ámbito de la psicología de las formas.

Este modelo de pensamiento sustentado por medio de las formas, consigue que las mentes se limiten a ordenar y encasillar  aquello que procede del mundo exterior en las formas arbitraria e incuestionablemente impuestas.

De esta manera las pequeñas mentes formalistas que generan ideas ya no ideas, es decir ex-ideas o ideas que ya no son pensadas, en realidad se basan, nada más ni nada menos, que en creencias.

Sepamos que las ideas para ser verdaderamente tales las debemos pensar, lo que equivale decir que las ideas pertenecen al discurso del raciocinio.

Por el contrario las creencias son creídas, son ideas tenidas por ciertas, que se dan por descontadas y por lo tanto ampliamente exoneradas de inspección y revisión de la razón.

Si se quiere, las creencias son ideas enraizadas en el inconsciente cuya función es la de economizar el pensar.

Así, esta mental cerrazón jurídica consigue oponerse al progreso, porque están fundando al derecho en creencias: en los sentimientos, en las costumbres y las tradiciones y no en la imposición de la lógica.

Efectivamente, esta postura conservadora que hasta hoy somete a la técnica jurídica se basa en tres conceptos organizativos centrales: autoridad, formalismos y tradición.

Creer y limitarse  ciegamente a las formas significa defender su supuesta verdad ritual, su presunto carácter de infalibles, de justas y acertadas.

Esta postura que no permite replantear lo tradicional, lo dado, lo establecido, lo ya pensado en un mundo pasado y entonces diferente que ya no tiene sentido, se convierte en fundamentalista.

Sí, el formalismo es una manifestación más del pensamiento fundamentalista. Y el fundamentalismo tiene, siempre, un potencial peligroso.

Dado que éste no es más que un rechazo al dialogo y a la aceptación de que el mundo, señores, también cambia.

Es decir, muchas creencias, muchas formas y muchas teorías, en un mundo distinto se vuelven contradictorias, inútiles y peligrosas.

Conclusivamente podríamos decir:

El derecho reclama a gritos hombres y mujeres de inteligencia liberada de las restricciones de los dogmas y los formalismos preestablecidos.

Jueces, abogados y docentes que se nieguen fervientemente a seguir siendo manejados por la mano muerta del pasado.

Por esto es necesario reformular el derecho fomentando una discusión crítica en el debate jurídico de los modelos tradicionales y entender, de una vez, la emergencia de nuevas propuestas creativas y estimulantes.

Es preciso iniciar un profundo movimiento de renovación y revolución jurídica, porque nosotros, los de hoy, no debemos permitir que el fantasma de los muertos oprima la inteligencia de los vivos.

El derecho debe estar edificado sobre tierra fértil, sobre el césped verde de los pensadores del ahora y no sobre la tumba de juristas muertos.